jueves, 29 de octubre de 2009

DIVERTIMENTO PARISIÉN

Cansado de vivir, miro al Sena, desde la mesa de la cocina. Es temprano: croissants y café au lait entre tinieblas. El dolor de cabeza me trae retazos de París la nuit, del encuentro en la boutique, de tu mettre en scène. ¡Ah, mi alma se derrama con estas pinceladas de luz marchita! Acierto a ver la puerta entreabierta, las sábanas revueltas, el lecho cálido, y dentro de él, como una fruta dolorosa, nuestra noche convertida en cuerpo: un espléndido ménage à trois.

martes, 27 de octubre de 2009

CERTEROS LAZOS. IX (NOVENA ESPOSA)

Llegaba un poco tarde, cita a ciegas, y estaba ansioso por ver tu rostro. Habíamos hablado tantas veces, aún sin vernos… Desde la pantalla luminosa escribía mis frases más ocurrentes, atacando tu ironía (eso fue al principio, los primeros meses). Desgranaba mi rosario de lecturas clásicas, encadenando los místicos del XVI con Marguerite Duras, pasando por Lorca y Quevedo, mientras tú me respondías (Lolita engreída) con Nabokov y Tagore, y te abismabas en Salinas o en Edith Stein. Así se deslizaban las noches, después de un día gris en la oficina, en un mundo más allá que nos superaba, a la vez que nos envolvía y nos engullía en él. Aquella ventana al infinito adquiría contornos de letras, de poemas en letras rojas, de imágenes grabadas, con banda sonora de la década anterior (ya derrochados los treinta…). En todo esto pensaba, mientras me arreglaba la corbata, bajo el reloj de la estación de buses, cita a ciegas, y estaba ansioso por ver tu rostro. La clave era un libro de Cervantes (cualquiera de ellos), y yo llevaba un Persiles con su Segismundo y toda su corte, en una caja amarilla llena de páginas (eso que llaman “libro”) y lo llevaba así: brazos flexionados, a la altura del pecho, portada hacia el exterior (para que se viera), y un dedo perdido entre sus hojas. El reloj de la estación me observaba para ver en qué paraba todo aquello, y yo mientras, de reojo, no perdía de vista sus manecillas. Ví avanzar a alguien lentamente (“¡ahí está!”, me dije). Pero no: su libro era de Neruda. La sonrisa fue lo primero que ví en ella, y después sus largas piernas (“¡ella es!”, me grité). Pero no: Emily Brönte y sus tormentas. Los ojos azabaches me cautivaron (“no hay duda”, me dije), pero era discípula acérrima de Joyce. La brisa se volvió helada, y supe que era el momento. Entonces te ví pero ¡Virginia Wolf!, ¿y Cervantes? Llevabas un ajado ejemplar de la loba virgen, y quitando la portada, dejaste un cervantino al descubierto. Fue en ese instante que me percaté del hecho de tu barba y bigote. “Nadie es perfecto”, me dijiste. Y, hablando de la focalización del narrador en la Wolf, nos tomamos varias cervezas, mientras el reloj ya se reía a carcajadas.

2006
Siempre es un milagro sentir esta calidez del sol de octubre. Me sirvo un vaso de vino blanco mientras enciendo el fuego. Suena Schubert en la radio. El primer sorbo y me zambullo en el armario, en busca de la cacerola. Su frío metal, al fuego. Arde en la hoguera. El oro mediterráneo, de oliva. Voy llenando la cacerola de agua y añado un poco de sal. Esto ya es el segundo sorbo del vaso. Miro el agua mientras se calienta, mientras se desgrana Schubert en la radio, mientras se desangra. De vez en cuando miro por la ventana y veo el tráfico, abajo, a mis pies, el ruido de la ciudad. Dentro, la música. El timbre (¿se habrá adelantado? todavía no es la hora). Es un hombre pidiendo comida. Le doy un sobre de sopa. El agua hierve y echo la pasta. El cuarto. Los violines de Schubert. ¿Dónde estoy? ¿Dónde me lleva Schubert sin pretenderlo? Remuevo la pasta. Los círculos concéntricos, la espiral, el remolino blanco. Los geranios en la ventana parecen quemados: este sol de octubre los quema. Fuera, la ciudad; dentro, la música. El quinto. Voy hacia la mesa de la cocina y anoto un encargo “No olvidar comprar las flores”. La pasta se va ablandando. También mi mirada. Rescato la pasta, la pruebo. Bien. Retiro la cacerola del fuego y pongo la sartén. El sol se vuelve negro y yo lo pinto de oro. Suena el teléfono. Suena el teléfono. Suena el teléfono. Por un instante no sé qué hacer. En mi camino al fregadero, la cacerola en mis manos tiembla. Suena el teléfono. Me quedo quieto, inmóvil mirando el sonido, me muero. Los violines de Schubert siguen ahí, yo también. Por fin vuelve la calma. El tráfico, abajo, sigue su flujo con cuentagotas. Escurro la pasta y echo agua fría. Termino el primer vaso y me sirvo otro. Me mojo un poco la frente. Creo que tengo fiebre (¿hoy? ¿justamente hoy?). La suavidad se deshace bajo el agua, adquiere su forma, su aroma, su sentido. Troceo el pimiento sobre la sartén. Los fuegos solares, que son dos veces la distancia para alcanzar la luna. Que son sus mejillas, al tacto no a los ojos, pues en la oscuridad de la habitación no los veo. El sexto y el primero. El suave sopor de olvidarse de todo, de refugiarse en sus brazos, bajo las sábanas, descansa niño, todo está bien, descansa. Troceo la zanahoria. La cebolla marca el final y lloro. El séptimo, el octavo. Otro vaso. Miro el reloj (ya casi es la hora). Bajo el oro líquido todo se barniza. Schubert se vuelve comida y sabe a orégano. Echo la pasta en la sartén. El tráfico va despejándose. Reahogo la pasta con la zanahoria, el pimiento, la cebolla, sal. Así me enseñó mi madre, así la ví tantas veces, antes de la salida de la fábrica, de la vuelta a casa de papá. Antes. El noveno, el primero. Dispongo la pasta en la fuente y la llevo a la mesa. Ahora sólo esperar. No es muy difícil, sólo hay que dejarse llevar por Schubert, ¿dónde? No importa; mientras suena, espero. El décimo. Me desafían los platos, la fuente, si me siento solo a la mesa. Me levanto, voy al fregadero, me lavo las manos. Todavía hay olor a cebolla. Cierro los ojos un instante, Schubert se va distanciando, se termina. Vuelvo a la mesa. Los platos no me permiten estar solo, la fuente (ya es la hora; se retrasa). Tomo el vaso de vino, resbala, cae al suelo, se rompe. El vino blanco me salpica los tobillos. Tengo fiebre. Todavía tengo cebolla en las manos y, cuando me toco la frente, la cebolla me hace llorar. La pasta se enfría.

lunes, 26 de octubre de 2009

SALZBURGO

Yo fui a un lugar hermoso
yo quise que los ojos míos fuesen catalejos donde los que quiero
hubiesen visto lo que vi
yo creo que mi abuela hubiese llorado si hubiese visto lo que vi
y mi madre… mi madre hubiese tejido unas torres de terciopelo
para que los niños jugasen…
Y tú, no hubieses vuelto nunca a vivir a las Colinas
te hubieses convertido en una rosa de aquel jardín
(todas gritaban sus nombres con colores bellos
como un circo a medio día lleno de locos)
aún creo que dios va allí cuando no me escucha
y se sienta a rezar un rato, esperando que nadie lo vea


Y si yo amase como ama el hombre que habita mi cuerpo
si yo anidara otros cuerpos sigilosos
con habitaciones oscuras
si no pudiese vivir más
y detenerme en el tiempo
como cuando te miro
desde el fondo de las cosas
palidezco.

Y te iré a dejar culatas
y pistones a tu tumba
cuando me sienta enfermo
de inhalar noches como esas
en las que callo
y vaya por ahí
colgado de la luz de las ventanas


con un día triste y herido como cenizas.

El último eclipse de las palabras

El descubrimiento arqueológico de mis palabras, fue un soplo hacia mí empolvada alma. Cuantas veces las ideas supieron a colores, y mis pensamientos llegaban escucharse. Cuantos puntos se creían un círculo entero. Y es que las letras seducen y reverberan, como este eclipse que nace de mi mano, pero también distorsionan y la realidad es en realidad una simple niebla opaca. Como confundir unos monopensamientos con la multivida que se presenta día a día, día a noche, noche a noche y noche a día. No existe la rutina, sino cajas que intentan encerrar el Infinito. Somos catálogos catalogados que se dedican a catalogar el mundo para que él no nos devore. Pero olvidamos que el alimento se hace uno con el alimentado. Uno mi mirada con tus ojos. Uno la luna con las ramas del árbol que la sostienen. Tal vez la locura realmente sea la cordura, y ya convertirlo en pensamiento es un crimen. Criminales los poetas encerrados en estos ácidos símbolos: la poesía se siente, no se lee. Poeta son las nubes con su espuma y el perro ladrando al auto; poeta es mi piel, quien masturba el silencio. Este es el último suicidio de las palabras. Deja de leer y sale a la calle.

domingo, 25 de octubre de 2009

Riangkemie tras la lluvia

RIANGKEMIE TRAS LA LLUVIA

De lejos, es la sospecha,
de cerca, la amenaza.
Va subiendo el vapor,
se funde en niebla;
van los cerros llamando
a otros cerros;
llega el viento
y parece entretenerse
buscando casas,
troncos rotos,
grietas.
Cae la sombra
y asemeja un gran tejido:
todo lo cubre,
nada escapa,
nada.
Vienen águilas, perros y lagartos;
viene todo lo visible y lo invisible;
viene vivos y difuntos, vienen
muertos, fantasmas
vienen, y hasta extraños.
Mas nada temen los niños,
encienden sus velas,
sus ojos miran la niebla, las nubes
se deshacen, se funden
en la niebla
que se cae desde el volcán:
bajo la lluvia verde de palmera verde
de hojas verde de vida.
¿Acaso convocó alguien
esta música,
estos platillos metálicos,
este entrechocar de sus pulseras,
de tus pulseras, vida mía?
(Y es ahora cuando el alma
se me va a ti, eternamente,
pues quise fundirme en este verde
para retrasar el momento de tu presencia,
para retrasar tu recuerdo
y ¿ves?, no puedo).
Las mujeres corren por la lluvia,
no huyen de ella, salen a su encuentro,
abren los brazos para que las fecunde
el cielo, el volcán, las palmeras,
los hombres corren también,
se descamisan,
pisan descalzos la tierra
y sienten la savia de la vida.
La selva resplandece,
los arrozales se deshacen en agua,
la tierra bebe ávida, bebe vida.
Sigue lloviendo, sigue el cielo cayendo,
goza el firmamento estas lágrimas,
este sol que nos cuece y nos quema.
Es la noche la que llega
y aún llueve:
es la noche la que llega
con su gala,
con sus rojos, con sus verdes,
sus naranjas, el brillo de su rostro,
sus azules,
todavía en la noche hacia el cielo
danzan hombres y mujeres,
danzan;
y estarán así hasta que tú regreses,
noche, hasta que poco
a poco, lentamente, sin
ruido, y en
silencio, vayas
quedándote dormida
y el sol se te acerque
para oler tu cabello, para besarte acaso,
para contemplar tu blanco cuerpo.
Toda la niebla y la lluvia
se han filtrado a la tierra,
el cansancio puede con todos:
todos duermen
(se oye algún gallo lejano,
nadie escucha;
un perro entra al cementerio
y ve a los muertos dormidos).
La lluvia se ha dado a beber a todos,
impúdica y generosa,
y ahora los fecunda hasta el cansancio.
Riangkemie tras la lluvia
es una fiesta, un lecho nupcial,
una esperanza.
Si esta paz se prolongara eternamente…
Con la brisa caliente tras la lluvia
van quemándose las pieles y las almas,
van curtiéndose amores y desamores,
van secándose lágrimas y esputos.


Oscar Ruiz

viernes, 23 de octubre de 2009

ESA QUE NO QUISIERA NOMBRAR


Antes de dormir algún día ese largo sueño.
Y abrazar, resignada, a esa que acecha y atemoriza.

Quiero permanecer contigo en el silencio:
a la luz reflexiva del pasado.

Para sentir nuevamente la cascada de vida que irrumpe entre nosotros.

Para saborear la dulzura de tu nombre acostumbrado a mi boca.

En la complacencia de tu abrazo
quiero empapar las lágrimas del tiempo.

En la serenidad de tu sonrisa,
verter las penas feroces de la ausencia
y las verdades que me provocan amarte.

martes, 20 de octubre de 2009

La poesía...un regalo para el alma

Un saludo especial, deseando que el taller sea muy provechoso para todos.

SUEÑA

Sueña el hombre
clava su puñal en el cielo
sueña para que no suceda nunca
lo que sueña

Tiene miedo y sueña
como huir de la zozobra,
el desenfreno, las migas en los calzoncillos
y sentirse feliz
en una vida
que no sea la suya

Rota en los pasillos
ejerciendo
nebulosos dogmas,
estúpidos
los acreedores en los bancos
perfilando sus garabatos
agitando sus recibos
y en medio su mente
recibiendo las quejas
automáticamente
porque él no timbra
él sueña.

lunes, 19 de octubre de 2009

Bienvenidos al Vergel de la POYESIS

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí ... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

JORGE LUIS BORGES (Poema Conjetural, "El otro, el mismo")