Mírame estar aquí, en medio de la nada, sostenido por una esperanza vacía; sin excusas, sin coartadas, sin perdones posibles. Sostenido en la nada por un mero impulso del corazón: la certeza de que alguna vez te amé (aunque tú nunca me amaras). Este equilibrio entre existir y extinguirse. Saberme sostenido en una inconsistencia, en un soplo, un suspiro. Me comprometo al desamparo, a la pérdida, al duelo, a la aniquilación, al olvido, a la ausencia, al silencio.
Poco me importa vivir unos segundos o varios siglos, si estoy en tu presencia. Hay gotas de tu sangre en mi alma, eso me basta. Saber que tu cuerpo, tu persona, tu vida, se ha mezclado conmigo hasta las raíces más profundas. Nada se ha perdido. Todo lo conservo en este arca dañado. Eso me basta. Y desearía morir ahora, antes de que el tiempo difumine los contornos de tu rostro en mí.
Beberte a sorbos con avidez, porque en ello me va la vida.
La gente cree que estoy enfermo, poseído, moribundo. Centenares de ojos me rastrean, los ojos de un pulpo al que se le resbala mi amor, los tentáculos fríos y pegajosos de los labios caducos, los amores de compra-venta, las esperanzas de contrabando, las ilusiones de humo, los vacíos. Me río de ellos, de todos ellos. Llevo el volcán en mi interior, suspendido en mi mismo centro, en dos gotas de tu sangre. Toda mi existencia en la ruptura de la fina membrana de estas dos gotas, en el abandono, en la fusión, en la nada.
lunes, 2 de noviembre de 2009
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